LA

FACHADA

 

 

 

 

 

 

 

                          

                                                                                                                                                                                                                                                                                         

                                   Mario

                   Bahamón

                   Dussán

 

 

                 

                 

 

 

                                 

       

                     “La ignorancia de las cosas es   

                             la mayor causa de felicidad.”   

 

                                                                Sofía                                                                                          

 


 

1

 

La Sexta es una avenida de Cali, cuya inmensa cantidad de bares, discotecas y restaurantes constituye su mayor atractivo, y en ella los viernes por la noche, especialmente, se dan cita gran número de personas de ambos sexos, para echar una cana al aire.

En un día, como ese, yo me encontraba allí, en un bar, al aire libre, bajo unos grandes árboles hermosos, llamados samanes, de espeso follaje y enormes ramas largas, cuando se me acercó un niño, como de nueve años, y me largó esta tarjetita:

 

 

 

“LA FACHADA”

 

Lugar ideal para una cita galante y

tan confidencial, que no podrá

saber con quién estuvo.

 

Avenida Sexta.  Frente al árbol frondoso.

 

 

 

 

 

2

 

 

Como siempre me ha gustado lo misterioso, la tarjetita fue un reto a mi curiosidad.

El sitio no quedaba lejos. Eran las siete de la noche. Tenía en el bolsillo unos cuantos pesos, y en el espíritu enormes deseos de divertirme,  ojalá como no lo hubiera hecho antes; así que me dirigí a la tal Fachada, pensando en ese encuentro causal, íntimo y misterioso.

Era un bar como todos, salvo que tenía dos partes: una afuera, que participaba del bullicio de la calle, y otra más adentro, medio oscura y de ambiente sereno.

Soy curioso, pero tímido, como mis antepasados, los antropoides, medrosos, que buscaban las cosas extrañas.

Me senté en la parte de adentro. Había otras personas, no muchas, todos hombres.

Trataba de imaginar lo que sería "una cita tan confidencial...", cuando llegó el mesero. Le pedía me explicara en qué consistía el juego. Con su mano derecha, me indica que cruzando una cortina de numerosos hilos negros, hay otro sitio de absoluta oscuridad; que entre, y siga una delgada línea fluorescente, dibujada en el piso, hasta unos cubículos, donde una lucecita verde señala los que están disponibles.

Calló, para observar mi reacción. Asentí con la cabeza; él, entonces, sacó de la carta, como si estuviéramos en un restaurante, una hoja de papel, que en bellos arabescos tenía escrito:

 

    

"Instrucciones para una cita confidencial e inolvidable:

 

  "El sitio es totalmente oscuro. Por ningún motivo intente prender luz alguna. Será expulsado de inmediato".

  "Deberá esperar unos minutos mientras llega su pareja".

 "Recomendamos no preguntar el nombre, ni hacer nada para identificarla; obtendrá respuestas falsas, pues la gracia radica en que nunca sepa con quién estuvo".

"Cada cubículo tiene un sofá grande, convertible en cama, oprimiendo un botón. Debe tener cuidado con las copas, los vasos y los otros elementos puestos sobre las mesas laterales. La ropa puede colgarla de unos ganchos instalados para tal fin".

 "Para evitar el Sida recomendamos usar preservativos. Son gratuitos".

"Su pareja no le cobrará, pues no lo hace por dinero; ella también paga por disfrutar del sitio".  

 "El límite de permanencia en los cubículos es de treinta minutos.

 "Cancele la cuenta anticipadamente."

 "Gracias por su visita, y..., ¡disfrute mucho!"

 

  

 Me levanté y eché a andar hacia la cortina negra, llevado por una ansiedad de mil demonios.