EL
SICARIO
Novela
Mario
Bahamón
Dussán
A un lector, que no
será la próxima víctima.
INTRODUCCION
Colombia, la república latinoamericana, situada en la mitad del continente, patria de Rivera, Córdova, Barba Jacob y García Márquez; la del café, las esmeraldas, las orquídeas y, por desgracia, de la marihuana y de la coca, padecía en los años ochenta, de la pasada centuria, la existencia de un terrible espécimen humano al que denominaban: el sicario.
El origen de esta rara palabra a nadie interesaba. Ni a historiadores ni gramáticos. Tal vez por el miedo que su presencia despertaba.
Hasta un niño lo relacionaba con la muerte; pues los noticieros radiales, la televisión y los periódicos dedicaban extensos comentarios a sus malvadas actuaciones y lograron que una motocicleta, con parrillero a bordo, causara un pánico enorme.
Era el producto lógico de una sociedad descompuesta y la odiaba, como el hijo deforme odia al padre de quien provienen sus taras. Olor fétido del pantano que se pudre.
Esta novela trata de la azarosa vida de un exponente de tal clase de asesinos y narra, entre otros, el más tenebroso de todos sus crímenes.
CAPITULO PRIMERO
Los programas de televisión fueron interrumpidos, la radio también hizo un alto, para comunicar llenos de asombro que minutos antes un sicario acababa de asesinar al cardenal Ramírez Campuzano.
Eran las seis y media de la tarde, del miércoles 21 de enero de 1987.
La gente estaba regresando a sus hogares. Algunos ya se encontraban en ellos degustando los alimentos de la cena. En los taxis, los buses, los vehículos particulares, las casas, los lugares públicos, colegios, universidades y cuarteles, seminarios y veredas la noticia causaba un estruendoso impacto y hacía sentir a cada ser humano impotencia, soledad y rabia.
El cardenal se había convertido en un verdadero líder que denunciaba sin tapujos los grandes males nacionales y se enfrentaba con valor a los responsables: a los traficantes que envenenaban la juventud con sus narcóticos; a los guerrilleros que intranquilizaban amplias zonas del territorio patrio, a los ricos que daban una mísera limosna al final de la misa, y al lado de sus casas prosperaba la más grande pobreza; a las autoridades corruptas, abusivas y débiles, que no obstante tener la fuerza de la ley, no eran capaces de restablecer el valioso y necesario imperio del orden; a los políticos que sólo buscaban las prebendas del poder, mientras la vida de sus seguidores se hacía más humillante.
Su presencia irradiaba optimismo, energía y seguridad. Era alto, de un metro con ochenta centímetros, y fornido como su abuelo materno. No obstante su recia personalidad y gran carácter, jamás se dejaba dominar por el mal genio, y por consiguiente nunca perdía la compostura.
Cuando el Santo Padre, Juan Pablo II, visitó a Popayán y un indígena páez fue interrumpido por un sacerdote en su recuento de eternos agravios, fue él quien recomendó al Pontífice escuchar los centenarios atropellos cometidos con su raza.
Cuando la Corte Suprema de Justicia se lavó las manos frente a la extradición de delincuentes internacionales y también el Consejo de Estado dejó solo al gobierno en tan serio compromiso, los denunció ante la nación como unos cobardes. Momento culminante en su ardua lucha por despertar la conciencia de una nación adormecida por 45 años de relajamiento moral.
Era tanta su aversión a los mafiosos, que negó el permiso de enterrar en suelo cristiano el cadáver de Pepe González, el capo más grande de todos los capos.
La opinión pública estuvo dudando ante la justificación de esta medida y algunos pensaban que tal vez se hubiera excedido; pero su voz y su firmeza, convencieron al pueblo de que su batalla era campal contra esta sórdida plaga.
Tampoco estuvo de acuerdo con la desmesurada operación de rescate del Palacio de Justicia, asaltado por el grupo guerrillero M-19; ni mucho menos, con la demencial pretensión de los alzados en armas, de hacerle un juicio popular al Presidente de la República.
Denunció la ineficiencia del gobierno frente al desastre de Armero, donde quedaron sepultados en vida veintiocho mil personas, y meses atrás venía fustigando la inoperancia de la entidad encargada de mitigar los efectos de la enorme avalancha.
Mientras él viviera, jamás aceptaría gobernar mal, ser corrupto o no tener sensibilidad social.
Pero el cardenal había sido asesinado por un sicario, desde una moto, y su muerte hacía hervir la sangre a los colombianos como si les hubieran arrebatado un ser querido o cercenado una parte de su cuerpo.